Por William Stoner

El viernes 23 de abril se conmemoró una de las efemérides más bonitas que guarda el calendario cada año: el “Día Mundial del Libro”.

La fecha no sólo es la excusa para rememorar a Cervantes, William Shakespeare o Garcilaso de la Vega, los tres literatos universales que -cosa curiosa- murieron el mismo día del mismo año (23/04/1616) y en cuyo honor la UNESCO desde 1988 instauró la celebración; ni tampoco para evocar a otros prominentes como Nabokov, Pla o Druon, que también se vinculan con el día coincidente.

Es, en realidad, una fecha que al menos en nuestro país debiese ponernos “colorados”, considerando que según datos de la Ocde, el 84% de los chilenos no entiende lo que lee y apenas un 5% de los profesionales universitarios tiene una alta comprensión lectora, cifras que no hacen sino mostrar la decadencia que las letras (y los libros) vienen teniendo en la formación escolar y cultural de nuestros ciudadanos.

Pero más que llorar sobre la leche derramada, y a propósito del Día del Libro, llamo a reconciliarnos con nuestro niño interior y volver al disfrute de hojear -o en su defecto, pasar de página en el ebook- esos libros que alguna vez nos cautivaron, emocionaron o despertaron nuestra imaginación. Desde las clásicas aventuras de Julio Verne o Emilio Salgari; las inolvidables “Mujercitas” de Louisa May Alcott o el “Tom Sawyer” de Mark Twain; el héroe nacional Papelucho de Marcela Paz; a las inigualables fantasías espaciales o robóticas de Isaaac Asimov o Ray Bradbury, recordemos aquel libro que nos removió siendo pequeños, adolescentes (o en la edad que sea), y regalémonos unas horas para releerlos.

Aprovechemos también de pasar el testimonio a las nuevas generaciones, mucho más dadas a lo audiovisual, a las redes sociales y a pasar el día pegados a sus teléfonos. Leamos cuentos a nuestros hijos e hijas (hay una serie preciosa llamada “Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes” y “Cuentos para niños que se atreven a ser diferentes”); sorprendamos a la familia regalando un libro, una cita célebre o una conversación sobre lo lindo -e importante de leer. Descubramos autores nuevos. Atrevámonos con el libro que nos recomendó un amigo o aquel que vimos al pasar por fuera de una librería.

Y pese a que me confieso “old school” y -creo que- jamás mutaría desde la magia del papel y las letras impresas a disfrutar libros digitales en pantallas, no nos perdamos. Lo que aquí importa es que leamos, sea en una tablet, un Kindle o una hermosa edición física con tapas de cartón. Además, cada vez son más personas las que prefieren los beneficios de un ejemplar electrónico: la organización española Libranda publicó su Informe Anual sobre el Libro Digital, señalando que en el mundo la venta de libros digitales en español creció un 37% durante 2020. Al menos algo bueno que haya dejado la pandemia.

En fin. Leamos entonces. Best Sellers o novelas negras. Roberto Ampuero o Don DeLillo. Poesía, ensayos o dramaturgia. Comics o biografías. En el metro o en el living de la casa. Antes de dormir o a mitad de la jornada. Volvamos a leer.

Porque “los libros son amigos que nunca decepcionan”, dijo el filósofo escocés Thomas Carlyle. Y al menos a mí, hasta ahora, jamás me han decepcionado.

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